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CHRISTINA ROSSETTI: Poemas

 


Christina Rossetti (Londres, 1830-1894) fue una de las poetas más innovadoras y originales de la era victoriana. Era profundamente religiosa, razón por la que buena parte de su obra poética es devocional. Algunos temas recurrentes de su obra incluyen el desengaño amoroso, la abnegación, la transitoriedad del mundo material y la posición de la mujer en la sociedad de su época; también escribió poesia infantil.

Durante diez años ayudó voluntariamente en una casa de acogida para prostitutas. Si bien tenía sentimientos encontrados en relación con el voto femenino, muchos estudiosos han identificado temas feministas en su poesía. Christina Rossetti perteneció al movimiento prerrafaelista junto con su hermano Dante Gabriel Rossetti, John Everett Millais y William Holman Hunt, entre otros.

A principios del siglo xx, la popularidad de Christina decayó, al igual que la reputación de muchos respetados escritores de la época victoriana, debido a la reacción del modernismo. Christina permaneció por mucho tiempo sin ser tomada en cuenta ni leída hasta que en los años setenta estudiosas feministas comenzaron a recuperar su obra. En las últimas décadas su obra ha pasado a ocupar un lugar destacado dentro de la literatura victoriana.

Otoño

Paso mis días sola — sola, sola,
Mientras mi caudaloso río fluye hacia el mar
Enjoyado con resplandecientes barcos
Que no me traen ningún amigo:
Ay, canciones de amor, que brotáis de cientos de gargantas,
Ay, congojas del amor, dejadme en paz.
Bien les vaya a los barcos de carga que llevan al mar
Oro, piedras y especias:
Doncellas radiantes y esbeltas hacen flotar sus dulces notas,
Que son promesas de amor, que suplican —
Ay, dulces, pero efímeras —
Bajo velas trémulas y blancas como la nieve.
¡Callad! el viento sopla y se retira —
¡Callad! sentirán calma al ver la orilla —
Mi propia orilla, donde paso mis días sola;
Sus cantos incitan ecos en mi tierra —
No pueden oír mis lamentos.
Una golondrina solitaria y rezagada sobrevuela
El mar, zarandeada por la cruda tempestad de otoño
Pobre pájaro, ¿se perderá?
Arrojada a este mar inhospitalario,
Sin ojos amables
Que presencien su muerte,
Ignorada, desatendida, libre:
Acabadas las congojas,
En libertad por fin,
Presa del sueño, de la muerte, de un dormir sin sueños.
Mi alameda es un túnel de robles,
A veces los fulminan los rayos
A veces la brisa trae bellotas y crujientes hojas;
Bien les vaya a mis árboles fértiles,
Que brotan sus bondadosas cabezas y viven con simpleza.
La tela de una araña obstruye mi alameda;
Una araña precavida y sabia
Que atrapa moscas abatidas e ingenuas.
Cada mañana tiende un arcoíris ensartado de rocío
Entre ramas reverdecidas de savia
Y es tan bello, que pocas criaturas ven que es una trampa:
Yo no dañaré su tela,
Aunque me apene ver cómo se apagan las vidas diminutas.
Tiemblan — mis árboles tiemblan— pues se levanta el viento
En la bóveda que los albergaba:
Cada vela blanca y temblorosa
De barcos entre el agua deja
Mellas y estragos en el ventarrón de fuerte voz:
Y las doncellas cantan de nuevo —
Lánguidas doncellas a quienes la calma
Había acunado en su sueño con reposo y especias y bálsamos,
Millas río abajo, hacia el mar,
Flotan y menguan
A muchas millas de mí.
Quizá digan: «Sufre sus penas,
Encaramada, como una luz, a su torre».
Quizá digan: «En una
Hora, bailaremos entre las gavillas doradas».
Quizá digan: «En una
Hora, estaremos
Cara a cara, mano con mano;
¡Apresúrate, oh, indolente ventarrón, a la tierra que ansiamos!»
Mis árboles no están en flor,
Yo no tengo una enramada,
El viento hace chirriar a mi torre,
Y mi orilla está sola, infinitamente sola.

                        Publicado en “El progreso del príncipe y otros poemas” (1866).

Desearía poder recordar aquél primer día

Desearía poder recordar aquél primer día,

la primera hora, el primer momento en que me encontraste,

si era oscura o brillante la estación. Pudo haber sido

verano o invierno por lo que puedo decir;

tan sin registro se perdió,

tan ciega era yo para ver y para prever,

tan torpe para notar los brotes de mi árbol

que no florecería por muchos mayos más.

Si tan solo pudiera recordarlo, ¡ese

día de días! Lo dejaría ir y venir

tan sin rastro como el deshielo de nieves pasadas.

Parecía significar tan poco y significó tanto.

Si ahora tan solo pudiera recordar ese contacto,

el primer toque en la mano—¡Si hubiera sabido!

                                Publicado en A Pageant and Other Poems (1881)

¿Quién me librará? (1864)

Dios, haceme fuerte para sostenerme a mí misma;

Esa carga, la más pesada de todas,

el peso inalienable del cuidado.


Los otros están todos fuera de mí;

Tranco mi puerta y los dejo afuera

El tumulto, el tedio, el callejeo.


Cierro mi puerta sobre mí,

y los dejo afuera; pero ¿quién tapiará

mi ser de mí misma, la más aborrecida de todas?


¡Si pudiera desmoronarme por una vez,

y comenzar purgada de mí la carrera

que todos deben correr! La muerte es veloz.


¡Si pudiera dejarme de lado,

y empezar con el corazón ligero

el camino que todos han atravesado!


Dios, endureceme contra mí misma,

esta cobarde de voz patética

que implora tranquilidad y descanso y alegrías.


Yo misma, mi propia architraidora;

mi amiga más falsa, mi más mortal enemiga,

mi atasco en todos los caminos.


Pero hay Uno que puede refrenarme,

alivianar la estrangulante carga que llevo,

romper el yugo y liberarme.    

                    Publicado originalmente en el número de febrero de 1866 de la revista Argosy

Después de la muerte

Las cortinas estaban a medio cerrar, el piso barrido

y un ramo de junco, romero y flores de espino

yacía grueso sobre la cama en la que yazco,

y a través del enrejado reptaban sombras de la hiedra.

Se inclinó sobre mí, pensando que dormía

y no podía oírlo; pero lo oí decir

“Pobre niña, pobre niña”: y cuando se volvía

vino un silencio profundo y supe que lloraba.

No tocó la mortaja ni levantó el sudario

que cubría mi cara, no tomó mis manos en las suyas,

ni sacudió las suaves almohadas para mi cabeza:

no me amaba viva, pero una vez muerta

me compadecía; y es muy dulce

saber que está todavía tibio mientras estoy fría.

                        Publicado en Goblin Market and Other Poems (1862)

Tierra de sueño

Donde ríos sin sol lloran

sus olas a la profundidad,

ella duerme un sueño encantado:

no la despierten.

Guiada por una estrella única,

vino de muy lejos

a buscar el lugar en que las sombras son

su agradable lote.


Ella dejó la mañana rosa,

dejó los cultivos de maíz,

por un crepúsculo frío y abandonado

y manantiales de agua.

A través del sueño, como a través de un velo,

mira el cielo pálido,

y escucha al ruiseñor

que canta triste.


Descansa, descansa, un descanso perfecto

sobre su pecho y su frente; 

su rostro mira al oeste,

la tierra purpúrea.

No puede ver el grano

madurando en la colina y la llanura;

no puede sentir la lluvia

sobre su mano.


Descansa, descansa para siempre

en una orilla musgosa;

descansa, descansa en el corazón del corazón

hasta que termine el tiempo:

sueño que ningún dolor despertará,

noche que ninguna mañana romperá 

hasta que la alegría se apodere

de su perfecta paz.

        Publicado en 1849 en el periódico The Germ y en Goblin Market and Other Poems (1862)